Desde hace algunos años, mis árboles de navidad se han convertido en árboles de recuerdos porque yo tengo una manía: comprar un pequeño recuerdo navideño para mi árbol en cada ciudad que visito. Por eso, en nuestro árbol además de las clásicas guirnaldas, farolitos y luces, hay un ratoncito de Washington, un angelito nigeriano y otro de Praga, una canasta singapuriana, duendes australianos, un Papá Noel birmano, un reno sudafricano, un terrier escocés o una media de lana venezolana. Me gusta mi árbol. Es ver en él gran parte de la vida titilando entre luces. Y en cuanto a los regalos, siempre al pie de nuestro árbol, hay libros. Solo la idea de entrar a una librería a buscar, mirar, hojear, descubrir las contratapas, saborear las primeras líneas de un libro, me produce un dulce placer. Y más aún si sé que es buscar un libro para regalar. Para mi esta actividad es muy seria. Hasta cuando visito una ciudad entro a librerías lindas, famosas, distintas y m...
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