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LA ESCUELA AUSENTE


¿Un año SIN escuela? ¿Un año CON escuela a medias, escuela en casa? ¿Un año perdido? ¿Nuevas tecnologías, sin sociabilización o presencial con máscaras? ¿Un año irrecuperable? ¿Establecimientos cerrados o abiertos? ¿Cómo salvar la actividad escolar en épocas de pandemia?


Éstas fueron solo algunas de las preguntas que muchos nos hicimos. Hubo (y hay) posiciones a favor, en contra, compartidas, enfrentadas, dubitativas por parte de maestros y profesores de todos los niveles, estudiantes, familias y gobiernos que van a los tumbos por el camino que la pandemia nos ha marcado. Ni los sistemas educativos (ni tantos otros) estaban preparado para una crisis de esta magnitud.

Cuando se desató la pandemia y se hizo evidente que las clases y la vuelta a las aulas era inviable, no todos los hogares estaban preparados para este desafío y la brecha, ya sea por factores socioeconómicos o por diferencias entre los ámbitos urbano y rural, público y privado, estuvo más expuesta que nunca.

La cancelación de las clases, las dificultades, la anormalidad que se está viviendo hizo que muchas instituciones, padres, profesores y alumnos trabajaran, y siguen haciéndolo, para que el impacto del cierre sea el mínimo. El mundo online, tantas veces cuestionado, en el que la educación se vio sumergida de un día para el otro, empezó a tomar fuerzas como modo alternativo, ayudó a desarrollar mejores herramientas y se impuso para ayudar a mantener una aparente normalidad pero, se aplicó en grupos minoritarios, privilegiados y no hizo más que mostrar, entre otras cosas, los niveles de segregación escolar y el abandono general de la educación.

Muchos, chicos y grandes, tuvieron que aprender tecnología a la fuerza pero en un contexto de aislamiento, con precariedad de conectividad, falta de equipamiento y limitaciones para miles de alumnos que viven con menos recursos económicos, se le sumaron otros elementos como ambientes familiares difíciles, espacios insanos y falta de estructura social.

Son muchos los países, como es el caso de la Argentina, donde la discriminación escolar es una asignatura pendiente desde hace mucho tiempo, mucho antes de la pandemia.

En Argentina, desde que empezó el confinamiento, se cerraron todos los establecimientos educativos del país para evitar el contagio aunque docentes y alumnos, con muchos inconvenientes, nunca dejaron de trabajar. A principios de noviembre, en Capital Federal, después de 213 días sin clases, 410 de unidades educativas abrieron sus puertas bajo estricto control sin embargo, el calendario escolar del país es bien complicado y desparejo. Son muchos los chicos y jóvenes argentinos que llevan más de 250 días sin clases ni nadie sabe qué les espera para el inicio de las clases en el 2021.

Las imágenes “como de quirófano” de niños en Europa que volvieron a clase y jugaban en el recreo en estructuras muy estrictas asustan y es comprensible. Encontrar un equilibrio entre el aprendizaje y la seguridad es un desafío. 
La decisión de reabrir escuelas es muy compleja, y a menudo hace que los hacedores de políticas, la administración escolar, los padres y los maestros se vean envueltos en debates sobre oportunidades perdidas y manejo de riesgos – dice un artículo muy interesante del worldbank.org

Nadie quiere poner en riesgo a sus hijos, a los alumnos (ni al personal educativo) ni camuflarlos como vemos en las portadas que ilustran este comentario pero según los estudios más reciente en Europa los colegios están resistiendo al desafío del coronavirus. Con todos los protocolos, medidas internas de seguridad y la ardua tarea de maestros y profesores está dando resultado. Evidentemente en clases intermedias y universitarias las reglas se hacen más difícil pero hay que llamar a la responsabilidad colectiva y  no hay que bajar la guardia en ningún momento.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que es necesario mantener abiertas las escuelas a pesar del coronavirus. 

En países pobres, como lo es en este momento la Argentina, reabrir las escuelas es fundamental porque la escuela es protagonista, no solo como lugar de enseñanza, de encuentros sino también porque ahí, muchos niños (más aún en tiempos pandémicos donde la pobreza se apoderó del mundo) buscan comer. Para muchos de ellos, el plato que sirven en el comedor escolar es la única ración de alimento del día.

En su momento, Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, dijo que organizar una vuelta a las aulas era «un despelote». Cierto, todos sabemos que la reapertura de las escuelas es muy complejo pero quizás sería bueno recordarle que a ellas no solo se va a estudiar sino también a aprender a vivir, a relacionarse, a crecer, a reflexionar y a formar parte de una sociedad.


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