Leí, leo y leeré


Kásperle, de Josephine Siebe (periodista y escritora alemana 1870 - 1941)

No sé si alguien se acuerda de Kásperle. Yo me acuerdo muy bien de su nariz larga, de su sombrero, de sus zapatos tan divertidos. Kásperle fue uno de los personajes que más removió mi infancia. Descubrí este libro, si mi memoria no me traiciona, en un colegio en Buenos Aires, en la calle Posada, antes del ensanchamiento de la avenida 9 de Julio, un colegio divino que ya desapareció… pero volvamos a Kásperle. Este guiñol descarado, goloso, travieso y bromista, me gustaba mucho, me divertía. No hacía más que meterse en lío tras lío pero siempre líos muy graciosos. Mi madre siempre decía que yo sacaba la lengua como Kásperle. Las tapas de los libros de Kásperle siempre eran de colores estridentes, me encandilaban, me gustaba mirarlas. Me acuerdo que entrecerraba los ojos para verlas nubladas y parecía que todos les personajes se movían. El traje de Kásperle era fantástico: cascabeleaba. Recuerdo que a otros chicos les daba mucho miedo, a mí, la idea de vivir en Kasperlandia, la patria de Kásperle, habitada por kásperles de verdad como él, o que pudiera aparecerse en cualquier momento debajo de mi cama para asustarme, me fascinaba. Mi madre nos contaba las historias de este libro “con muchas páginas y pocos dibujos” y se reía tanto o más que nosotros. Lamentablemente los ejemplares, brillantes y de tapa dura, que teníamos en casa desaparecieron con tantas mudanzas familiares y ahora es casi imposible conseguirlos.
De nada sirve que les resuma algunos de mis títulos preferidos, como “Kásperle en Kasperlandia” o “Los Viajes de Kásperle” o “Kasperle ha vuelto”. Esa no es la idea. A Kásperle hay que leerlo y divertirse. Y hasta uno podría imaginarse dormir largos 90 años, como Kásperle, y despertarse adentro de un armario para vivir aventuras imposibles. Si algún día alguien consigue un ejemplar, por favor, toque el timbre de mi blog.

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