Había terminado de leer Las Hijas del Capitán de la escritora española María Dueñas , una novela que de tan prolija, es bastante aburrida pero que es buena compañía para un viaje o una sala de espera. Cuando la terminé, la acomodé en la biblioteca, en el estante de los " libros a donar " y después me paré frente al estante de los " libros no leídos ". Tenía que elegir un libro bien distinto. El de Dueñas era una novela sin sorpresas, casi ingenua. Necesitaba algo más activo. Elegí a Houellebecq. Sí, a Houellebecq aunque me había prometido no comprar un libro más del autor francés, ni de leerlo más pero ahí estaba, con Serotonina* en la mano, la última obra de H. con esa portada fea, muy fea. No sé en que momento lo compré porque me repela él, rechazo su crueldad, sus prejuicios, el cinismo, la permanente frustración, decadencia, su misoginia, en fin uno de esos libros que uno compra, diría, bajo un efecto maligno que solo la literatura ofrece.
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