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HISTORIA DE UN QUESO

¡Qué gracioso! ¡Cómo me río! Así es el título de uno de mis poemas que está escondido en algún  concurso. Seguramente lo hice un día en las que encontré cosas como ésta: 

Una mañana, mientras desayunaba, abrí la cajita de queso Philadelphia light y encontré una promoción que decía:

Gana el pastonazo de 100.000 euros

Seguí leyendo mientras embadurnaba mi tostada porque además de los miles de euros podía ganar 5 Thermomix y 10 cursos de cocina. Seguí muy interesada en la propuesta, aunque debo confesarles que  los 5 Thermomix no me interesaban mucho y los cursos de cocina...mmmm... ¿para qué quería ir a un curso de cocina si iba a ganar 100.000 euros ?. 
Avancé en mi lectura para ver las condiciones del concurso:

“Para participar en el sorteo, envíanos una hoja con tus datos personales (nombres, apellidos, dirección, teléfono, e-mail y DNI) y el nombre del establecimiento donde realizas habitualmente tu compra, junto con el código de barras de la tarrina de Philadelphia que acabas de comprar y una copia del ticket de compra, al siguiente apartado….”

Además me invitaban a consultar las bases legales en no sé dónde y aclaraban que la obtención de dicho premio estaría condicionada a la presentación de  mi ticket  de compra. Después había un dibujito de la famosa terrina y un DISFRÚTALO grande de color azul.

Terminé de masticar el último bocado de mi tostada, y pensé: 

1. ¿Dónde cuernos puse el  ticket de compra? 
2. ¡Qué me importan  las bases legales!
3. ¿Dónde compré mi queso?  ¿En el Mercadona o en el Másymás? 
4. ¿Qué teléfono pongo para que me comuniquen que soy la feliz ganadora de un Thermomix?  ¿El de Francia, el de España, el de Venezuela, un celular, un fijo? 
5. Tengo que organizar mi día:  hacer la fotocopia del ticket, buscar el sobre, la estampilla, depositar todo en el buzón de la esquina
6. Esperar ansiosa mi pastonazo porque si es por el curso de cocina... non merci.  

En fin una pérdida de tiempo. Entonces,sabiamente,decidí no participar y perder desde el vamos el pastonazo. Decisión tomada, interrumpí el café matutino de mi marido y le pregunté : 

-       -  ¿Quién tendrá el tiempo de participar a estos concursos?   
-     -    Seguramente un ama de casa que no escribe un blog – me contestó sonriendo.

Después de esta respuesta machista y divertida, recordé mi poema ¡Qué gracioso! ¡Cómo me río! y me puse a escribir “Historia de un queso”.

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